Cuando llegaba el mes de agosto el pueblo recuperaba la vida; familias de Madrid y Barcelona disfrutaban del aire limpio y el sol castellano. Se formaban tertulias a la puerta de las casas y nosotros, los que aún soñábamos despiertos, nos enzarzábamos en partidos interminables en mitad de la plaza. Sito, un muchacho regordete, irascible y obsesionado con el deporte rey, era quien organizaba cada contienda. Aparecía doblando la esquina con su auténtico Adidas bajo el brazo y todos gritábamos al verlo; era el preámbulo al gran choque del día, un buen momento para intentar saldar cuentas pendientes de goles y penaties injustos. Había una entrega absoluta, gotas de sudor y sangre fresca manando de nuestras rodillas al caer derribados por el defensa entre la gravilla y el polvo. Se celebraba cada tanto con la misma intensidad que en una final de la Champions, imaginábamos que las casas de la plaza eran graderíos repletos con una afición entregada al espectáculo. Jamás pensamos que aquello fuese un correcalles sin sentido sino más bien un despliegue táctico y técnico con mayúsculas. Pero Andrés, Andresito, Sito para sus amigos, era un niño que apuntaba maneras de líder, un tanto dictatorial y puntilloso con las normas; normas que él imponía: La línea de banda era una raya imaginaria que tan sólo era capaz de ver el gran Sito, y las faltas, las tarjetas e incluso los goles eran asunto del perfecto anfitrión. Cuando la cosa se ponía fea, muy a menudo por cierto, Andresito nos puntualizaba que aquél era su pueblo, su plaza y sobre todo, su balón. Y todos a callar. Una tarde en la que el sol fundía hasta el barniz de las ventanas, se produjo un altercado que Sito trató de zanjar con su célebre frasecita, sin embargo nadie parecía dispuesto a comulgar con sus ruedas de molino. Era una especie de motín tierra adentro, pero el Adidas de cuero desgastado valía su peso en oro y cuando contemplamos la silueta de nuestro tirano alejándose con el balón en su poder, no quedó otro remedio que la claudicación. Nos tenía en la palma de su mano y lo sabía.
Con el transcurso del tiempo dejé de visitar el pueblo en verano y perdí el contacto con mis amigos futboleros. Ninguno de nosotros llegó a cumplir el sueño de pisar el césped del Bernabéu o del Camp Nou. Pero curiosamente ayer recibí una especie de llamada del pasado, desde el mismo centro de aquella plaza en la que nos dejábamos la piel cada tarde pateando con entusiasmo ese trozo de cuero lleno de aire. Era Raúl, uno de mis viejos amigos. Tenía una voz de barítono que no encajaba con la endeble figura del niño que yo conocí. Me habló con nostalgia de aquellos veranos y de nuestros partidos de fútbol. Y justo al final de nuestra extraña conversación, cuando ya nos despedíamos, me habló de Sito; el único de todos nosotros que de algún modo logró cumplir sus anhelos de infancia. Me dijo que ejercía de árbitro en categorías regionales, que en más de una ocasión le tuvieron que sacar del campo bajo la protección de la guardia civil, que era vilipendiado por "el respetable", amenazado de muerte y agredido por los propios jugadores. Pensé en el pobre Sito, en su risa maliciosa y en su talante dictatorial. Sentí pena por la crueldad de la vida, por su extraño poder que exhibe convirtíéndonos en una soez caricatura de nosotros mismos. Me lo imaginé junto al círculo central, vestido de corto, mirando el reloj y tocando el silbato tres veces para indicar el final del partido y reclamando el esférico al futbolista que en esos momentos lo llevara entre sus pies, susurrando por lo bajini para que nadie oyera sus palabras, después de tener la pelota bien agarrada: "¡Decid lo que queráis; después de todo, el balón es mío!"